Opinión: Lic. Cecilia Luna – Integrante de Forum Infancia Bolívar

Pandemia y sujetos

La situación actual reviste las características de lo que se denomina trauma social (Plut S., 2020). Proviene de la realidad, tiene carácter intrusivo y afecta, ya no a un número significativo de personas, sino, más aún, a todos los que habitamos el planeta.
Hay mucho para pensar, a veces no sabemos bien qué decir, porque esta situación tiene la particularidad de ser algo inédito, inesperado, ineludible y que está pasando, y nos está pasando (Untoliglich, G., 2020). No es algo traumático que pasó, es algo que produce sin duda efectos traumáticos, y está pasando. No sabemos mucho sobre cómo va a seguir, ni hasta cuándo. Eso nos lleva a sentirnos abatidos, asustados, preocupados, angustiados, entre muchas otras cosas. El problema es instalarnos ahí, es decir, no encontrar otras posibles maneras de habitar subjetivamente esta situación.
Es una situación global, nos afecta a todos, nadie queda por fuera, no hay un lugar en donde no esté pasando. Sin embargo, nos afecta de manera muy diferencial. Por un lado, hay contextos sociales, culturales y económicos muy diferentes, y eso es determinante respecto del grado de sufrimiento en cada situación. Y también, hay subjetividades, hay tantas realidades como sujetos que las habitan, desde el punto de vista psíquico.

Algunas características de este “mal” estar.

Estamos viviendo una suspensión de los proyectos, la incertidumbre introduce una lógica temporal, no podemos saber qué va a pasar dentro de dos semanas. Sentimos aburrimiento, pesimismo, el tiempo pasa lentamente, pareciera que el psiquismo responde por la contraria, acelerados en nuestros pensamientos, apresurados por la prisa de querer que pase este tiempo que no pasa. Ansiedad y percepción de la lentitud del paso del tiempo es la paradoja que nos conmina. Al no ordenar nuestra temporalidad con el decurso de nuestros quehaceres habituales, parece que se pierde la dimensión cronológica, todos los días son iguales, las horas no se diferencian. Es complejo situar un antes y un durante, si no hay después.
Los dispositivos tecnológicos parecen funcionar como sostén, como posibilidad de un afuera, de un poder salir, mostrarnos, ver a los otros. Esa temporalidad y espacialidad continuas que ofrece el estar en todos lados, sin estar en ninguno, día y noche sin solución de continuidad, porque las redes no se cierran nunca. Todas las aves vuelan, no importa si es celeste o negro el cielo. Parece la oferta más conveniente. Sin embargo, en su carácter de existencia aparente, predomina el efecto ilusorio de la imagen, es fuente de estímulos para la imaginación, para ficciones interminables. Y quién sabe por qué laberintos de fantasías nos puede conducir, y qué destinos… de frustración, de soledad. Distinto es el uso para acercarnos a otro. Es una manera de estar con otros. Y es lo que tenemos, así que, en ese sentido, dispongamos de ello.
Un efecto del aislamiento nos impone no poder salir, no poder estar con muchos otros de modo presencial, disfrutando de las cercanías de los cuerpos. Lo significativo, desde el punto de vista psíquico, es detectar la diferencia, entre esta imposición de la realidad, y lo que sería el aislamiento subjetivo, es decir, ya no la retirada de los cuerpos como materialidad, sino de nuestros intereses. Lo que nos queda es intentar mantenernos vivos, no sólo en términos biológicos, sino psíquicos. Y la vida psíquica tiene que ver con el deseo, con las fantasías, con el pensar, con los afectos. Estar vivo sería estar interesado en algo en términos psíquicos, en un sentido muy laxo, pero no por ello desdeñable. Poder sostener el deseo abre el juego de proyectos, pero no nos queda otra que hacer proyecto en una lógica temporal nueva. Proyecto de sostenernos en aquello que nos vitaliza. ¿Qué? La respuesta es del sujeto, de cada quien. Sostener la pregunta es el desafío. Que la suerte no esté echada.
La importancia de los otros.
Socializar la locura es una referencia psicoanalítica que alude a pasar por la palabra, por los otros, algo de lo que a uno le pasa, y que se vivencia como lo que desborda, aquello que angustia, que nos da miedo, que nos esclaviza, que nos cansa, que nos enfurece, entre otras vivencias que se identifican como lo único, singular, extraño a veces, insoportable. Hacer lazo con eso que nos pasa nos hace de baranda ante el abismo del sufrimiento psíquico, muchas veces insondable. Ya algo se suaviza, la palabra relanza el efecto de las significaciones, que aparecen una a una, como otros modos de ser de la cosa, ya no es solamente de una manera, contundente, incuestionable, y por eso, opresora. Poner en palabras implica a otro. Por eso en este tiempo, es tan importante estar con otros (Janin, 2020). Y no siempre estar en casa es estar con otros, muchas y muy diversas son las situaciones afectivas en cada lugar. No hay recetas, no hay un “esto es lo que hay qué hacer”, no es momento para imperativos y exigencias. Bastante exigidos estamos. Pero algo sabemos, y es que, si nos quedamos solos, esto va a ser peor. La posibilidad de abrazar a otros, de amar, de acompañarnos, de compartir, de escuchar, de charlar, de reírnos, de jugar, de ayudar… más allá de la materialidad del espacio y el acercamiento físico, puede ser un norte, en la brújula que pueda ayudarnos en medio de esta confusión y falta de referencias de la realidad que nos tocó.

Los chicos

Sobre los chicos, por ahora, es necesario decir algo que nos convoque a pensar en ellos. Busquemos salir de lugares comunes desde los cuales se piensa que ellos no entienden, no se dan cuenta. Acerquémonos a su lógica, a su modo de estar en el mundo, de pensar sobre él e intentar significarlo. Sus modos de saber se nutren de su capacidad intuitiva, muchos de sus registros son corporales, y sus modos de tramitar lo que les pasa, también son predominantemente corporales. Y, aunque muchas veces lo dicen con todas las letras, no siempre son escuchados. Tratemos de acercarnos y afinar nuestra capacidad de escucha, imaginemos un prisma que nos facilite diversificar nuestra mirada y ver lo que sus miradas proyectan. Ellos no quieren estar lejos de sus amigos, de sus abuelos, tíos, de su escuela, sus plazas, los lugares donde ocurren sus asuntos.
Históricamente los niños han sido objeto de descarga de agresión (Lloyd de Mause, 1974), por ello, revisemos nuestros discursos sobre los pequeños, cuando se los reduce a “transmisores”, en qué lugar amenazante los estamos ubicando. ¿Está bien encerrarlos porque su relación con el cuerpo no permite el cumplimiento estricto de las medidas de higiene? Pensemos qué podemos hacer al respecto. Sus cuerpos necesitan moverse, su piel recibir el calor del sol, necesitan soltar su voz, gritar, reír, necesitan descargar su agresividad, cuerpo a cuerpo, en juegos, en avances sobre el mundo. Claro que no sabemos qué hacer, pero por ello, no dejemos de pensar acerca de la posibilidad de construir algún saber. Propongo que pensemos y nos preguntemos acerca de lo que estamos haciendo con y para los chicos.

Para finalizar (por ahora)

A la Doctora en Filosofía Esther Díaz le preguntaron por el después, y expresó el anhelo sobre que sean los afectos quienes ganen y no el temor, abriendo una pregunta “¿volveremos a besarnos, a abrazarnos, a estar juntos?” Quizá nos oriente para contribuir en la decisión sobre en qué lado de la balanza volcaremos nuestros esfuerzos en estos tiempos.

Referencias
▪ Diaz, E., (2020), “Tengo la esperanza de que los afectos sean más fuertes que el temor”. Revista de aparición esporádica Ignorantes Especial Fin del Mundo. http://rededitorial.com.ar/…/tengo-la-esperanza-de-que-lo…/…
▪ Janin, B., (2020), “Niños, adolescentes y padres en épocas de cornonavirus…”. Actualidad Psicológica: Pandemia, Angustia y Contención.
▪ Lloyd de Mause, (1982), Historia de la Infancia. Ed. Alianza.
▪ Plut, S., (2020), “Pandemia, cuarentena y sufrimiento psíquico”. Para La Palabra Rojas. https://lapalabra-rojas.com/…/pandemia-cuarentena-y-sufri…/…
▪ Untoiglich, G., (2020), comunicación personal en espacio de pensamiento “Entramando la clínica”.